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Reseña de Dunkerque

on 21 Julio 2017.

Hace poco Christopher Nolan comentó durante el transcurso de una famosa entrevista que, como cineasta, su único objetivo y compromiso era crear experiencias que sólo puedan vivirse en una sala de cine. Eso era lo verdaderamente importante de aquella entrevista, y el por qué de la comparación (espiritual) con Stanley Kubrick, director cuya filmografía es la mejor evidencia para los espectadores, de prácticamente cualquier generación, de la diferencia que puede haber entre ver y experimentar una película.

Y la que mejor explica cómo y de qué manera hay que entender la ambición e intenciones del Sr. Nolan con 'Dunkerque'. Y cómo y de qué manera hay que enfrentarse a este 'Dunkerque', un clásico instantáneo del cine bélico moderno capaz de dar, en el entorno (y la compañía) adecuados, el salto de película a experiencia. De visionado pasivo a vivencia activa. De que sus heroicidades acallen por completo a los que prefieren insistir en unas debilidades en esta ocasión más que nunca (y por una mejor causa), irrelevantes.

'Dunkerque' está claramente concebida como una experiencia inmersiva, sensorial, instintiva. Algo muy cercano a lo que sería caer en trance. La voluntad de Nolan queda clara desde el principio, y el resultado es rotundo hasta el final. En su apabullante sencillez, en su pragmatismo visceral, en su contundente constancia. En lo estilizado, directo e intenso de una propuesta que no concede ni un momento de respiro, y que no siente la necesidad de escudarse en nada que no sea en ella misma. Y con orgullo, mucho orgullo.

'Dunkerque' condensa en poco más de 100 vibrantes minutos las principales virtudes de Nolan como el cineasta que es; especialmente, las que le sitúan como un maestro del tempo narrativo y la manipulación del tiempo y el espacio. 105 minutos de puro y caótico nervio. 105 minutos repletos de inquietud y suspense durante los que los distintos acontecimientos se entrelazan como amantes en la cama. Sin solución de continuidad, sin momentos de transición, sin mayor explicación que un simple cambio de plano.

De hecho esto último es, si dejamos al lado su absorbente y machacona pericia técnica, lo que más destaca en 'Dunkerque'. Se podría decir que no hay historia, tan sólo hechos. Si Michael Bay se escudó en un triángulo amoroso para escenificar el (excelente) bombardeo de 'Pearl Harbor', Nolan literalmente "pasa" de cualquier excusa posible. De lo que no sea lo elemental para ir a la "sangre, sudor y lágrimas" británica: A esa playa, a ese momento, a esa emoción primitiva sin principio ni final. A ese bombardeo, sin más.

'Dunkerque' vive de una estructura narrativa que escapa de la parafernalia habitual, en especial dentro del subgénero histórico de gran presupuesto. Una rabiosa sucesión de hechos elementales dónde apenas hay explicaciones, el contexto pasa a ser un pretexto, nunca vemos a un alemán e incluso los diálogos llegado el caso, sobran. 'Dunkerque' es un bonito, precioso, tenso thriller bélico servido a voluntad que no destaca por su rigor histórico, sino por encarar la guerra con un trepidante propósito humanista sin patria.

Nolan nos suelta en aquella playa como si fuéramos otro soldado con apenas media frase. En plena guerra, con el corazón en un puño, bajo cualquier bandera y el constante bombardeo musical de un Hans Zimmer que se crece a su lado. Sabemos lo mínimo, y en verdad lo único importante: Más que de guerra, se trata de supervivencia. Todo lo demás, pura incertidumbre envuelta en el realismo mágico del efecto práctico del millón de dólares, de una belleza tan espectacular como sobre todo, temiblemente tangible.

Nolan tenía su parte de razón, al menos en lo referente a lo importante de aquella entrevista: Una experiencia que como tal, en condiciones óptimas, sólo puede vivirse en su hábitat natural. Alejada por completo del sensacionalismo del blockbuster con alma de videojuego, Nolan honra a la gran pantalla en igual medida que a sus palabras, convirtiendo el artificio en algo real, auténtico. O una nueva razón, si acaso la más concluyente, por la que Christopher Nolan es una de las razones más convincentes para pagar una entrada de cine.

Puntuación: 9

Albert Rodríguez

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